Dejó su trabajo en EE.UU. y se mudó a un pueblo: “Mis hijos tienen una libertad que yo nunca tuve”
Debra Coltune abandonó la vida corporativa en Estados Unidos por temor a la inseguridad y eligió un destino inesperado: una isla donde la gente vive hasta los 100 años con naturalidad. Su historia revela cómo cambia la crianza cuando el tiempo libre y la comunidad vuelven a ser protagonistas.
Cuando Debra Coltune decidió dejar su empleo en Estados Unidos y mudarse con su numerosa familia a un pueblo remoto, muchos la miraron con sorpresa. Lo que para algunos parecía una locura, para ella era una necesidad urgente: proteger a sus hijos de una inseguridad que sentía cada vez más asfixiante en las grandes ciudades norteamericanas.
Hoy vive en una isla reconocida por su longevidad, donde la población alcanza cómodamente los 100 años. Allí, sus días transcurren a otro ritmo. Los chicos juegan en la calle hasta tarde, sin que nadie tenga que estar pendiente de un reloj o de un celular. “Mis hijos tienen una libertad que yo nunca tuve”, cuenta ella, y esa frase resume buena parte del cambio que buscaba.
La decisión no fue impulsiva. Durante años acumuló la sensación de que el modelo de vida que llevaba —trabajo exigente, traslados largos, actividades extraescolares programadas al minuto— estaba erosionando lo esencial: el tiempo real con su familia y la posibilidad de que los niños crecieran con autonomía. La inseguridad, real o percibida, terminó de inclinar la balanza.
Al llegar al pueblo isleño, todo se reconfiguró. Las rutinas se volvieron más simples: menos pantallas, más contacto con la naturaleza y con los vecinos. La comunidad funciona como una red invisible de cuidado. Los adultos mayores, muchos de ellos centenarios, forman parte cotidiana del paisaje y transmiten otra manera de entender el paso del tiempo.
Esta historia no es solo la de una familia norteamericana que eligió “vivir más lento”. Habla de un fenómeno más amplio: la creciente insatisfacción con el modelo urbano acelerado y la búsqueda de entornos donde el bienestar no sea un lujo de fin de semana, sino el tono de fondo de la vida diaria. En un momento en que el trabajo remoto abrió la puerta a relocalizaciones masivas, cada vez más familias evalúan cambiar no solo de ciudad, sino de lógica existencial.
Debra admite que no todo es idílico. Hubo desafíos de adaptación, diferencias culturales y la necesidad de reinventar su propio rol profesional. Sin embargo, sostiene que el balance es claramente positivo. Sus hijos caminan solos al colegio, conocen a sus vecinos por nombre y pasan las tardes explorando en lugar de estar encerrados en casas con aire acondicionado y consolas.
La isla donde ahora residen no aparece en las listas de los destinos más trendy, y quizá eso forme parte de su atractivo. Lejos de convertirse en un paraíso para expatriados millonarios, conserva una escala humana. Los rituales colectivos —comidas compartidas, fiestas patronales, charlas en la plaza— siguen vigentes. Y la longevidad de sus habitantes parece menos un misterio genético que el resultado lógico de una vida con menos estrés, más movimiento natural y fuertes lazos sociales.
En tiempos donde la salud mental se discute en podcasts y aplicaciones, casos como el de Debra devuelven la conversación a lo básico: ¿qué clase de entorno queremos para crecer y criar? La libertad que sus hijos experimentan no es solo geográfica; es la posibilidad de aburrirse, de equivocarse, de resolver conflictos sin intervención constante de adultos. Una libertad que, paradójicamente, parece más escasa cuanto más “conectados” estamos.
Su testimonio invita a preguntarnos si, en la búsqueda de seguridad, no estamos sacrificando otras formas de estar seguros: seguros de pertenecer, de tener tiempo, de criar con menos miedo y más confianza en el entorno. Mientras las grandes ciudades siguen vendiendo la idea de que todo está a un delivery de distancia, familias como la de Debra apuestan por lo contrario: que lo valioso suele estar a una distancia que solo se recorre caminando.