De depósito de AC a terraza verde: la casa que invita a la desconexión en Pilar
Un techo curvo de hormigón que se puede trepar y un estanque con plantas acuáticas convierten esta vivienda en un refugio experimental. AtelierM transformó las exigencias de una pareja que volvía de Chile en una pieza escultórica que prioriza el paisaje y el bajo consumo energético.
En un barrio cerrado de Pilar, una casa desafía la idea de que el techo sea solo un cierre funcional. Lo que antes era un espacio utilitario para equipos de aire acondicionado y tanques de agua se convirtió en una terraza verde accesible, parte de un diseño que mezcla arquitectura experimental con paisajismo sensible.
El estudio AtelierM, fundado por el arquitecto Matías Mosquera, recibió el encargo de una pareja que, tras años de trabajo intenso en Chile, buscaba un hogar que facilitara la desconexión y el disfrute cotidiano. La respuesta fue un volumen de hormigón armado con curvas que no solo definen la forma sino que guían la experiencia de habitar la casa.
“Como la mezcla del hormigón es líquida, te permite moldearla de la forma que quieras”, explica Mosquera. Esa plasticidad se aprovechó para crear una sucesión de curvas que, desde adentro, convierten los ambientes en una pieza casi escultórica. Desde afuera, la losa se transforma en un elemento que se puede trepar, generando una experiencia inmersiva que invita a subir y contemplar el entorno.
La casa prioriza estrategias pasivas para reducir el consumo energético: un estanque con plantas acuáticas que purifica el agua, ventilación cruzada, abundante luz natural, parasoles, aleros y, claro, el gran techo verde. Todo pensado para minimizar el impacto ambiental sin sacrificar confort.
En el interior, la simplicidad es intencional. Techos y pisos de hormigón y cemento liso contrastan con las paredes revestidas en tablones de petiribí de distintos anchos, que aportan textura y calidez. La cocina, pintada de negro, se mimetiza como una gran sombra y cede protagonismo a los ventanales que enmarcan el paisaje. Entre el living y el comedor exteriores, columnas de hierro oxidado actúan como separadores etéreos que no obstruyen la vista.
El material petiribí se usó tanto en interiores como en exteriores, aunque con resultados distintos: mientras los tablones internos mantienen su tono gracias al laqueado, los exteriores viraron rápidamente a grisáceo por la acción del sol. Mosquera observa ese comportamiento como parte del diálogo entre la arquitectura y el tiempo.
Las curvas no solo son estéticas: guían el movimiento casi sin que uno se dé cuenta. Un estanque ubicado detrás del sillón interrumpe ese flujo de manera abrupta y sorprendente. Al variar la altura de la losa, los espacios de la planta alta adquieren escalas y sensaciones diferentes. El pasillo semicóncavo lleva al dormitorio infantil, donde la curva baja y envuelve, y luego a la suite principal, de techo más plano.
Lo más impactante es cómo el techo dejó de ser un mero depósito para convertirse en una extensión viva de la casa. Hoy es el lugar elegido para ver atardeceres o seguir partidos de polo, un mirador que completa la idea de una vivienda que tanto contempla como se deja contemplar.
En tiempos donde el caos urbano parece inescapable, proyectos como este recuerdan que la desconexión no siempre requiere alejarse kilómetros. A veces basta con una losa curva, un poco de vegetación y la decisión de priorizar la experiencia por sobre la acumulación de objetos. El resultado es sereno, experimental y profundamente contemporáneo.
Adaptado de La Nación