Estilo de Vida

A los 67 años, vive solo en el corazón del monte cordobés y produce sus propios alimentos

Santos Becerra habita desde siempre en el departamento San Javier, donde sostiene una vida rural basada en el trabajo manual, la autosuficiencia y una profunda conexión con la tierra. Su historia invita a repensar el valor del tiempo, el aislamiento voluntario y la idea de alimento sano en un mundo cada vez más acelerado.

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A los 67 años, vive solo en el corazón del monte cordobés y produce sus propios alimentos
La Nación — Lifestyle

En el corazón del monte cordobés, donde el silencio se interrumpe solo por el viento entre los árboles o el canto de algún pájaro, Santos Becerra lleva una vida que para muchos parecería de otro tiempo. A sus 67 años, habita solo en el departamento San Javier, el mismo lugar donde nació y donde ha construido, con las manos y la paciencia, una rutina de autosuficiencia que gira alrededor de la tierra.

No se trata de una elección romántica ni de un retiro planificado. Es, simplemente, la continuación natural de una forma de estar en el mundo que nunca abandonó. Becerra cultiva sus propios alimentos, cría algunos animales y mantiene una casa que funciona con lo esencial. El trabajo manual es el eje: arar, sembrar, cosechar, preservar. “Hay que aprovechar la tierra para producir alimentos sanos para uno”, dice con la naturalidad de quien no concibe otra manera de alimentarse.

Su historia, observada desde las ciudades que en 2026 siguen debatiendo el burnout, el home office y los límites del tiempo libre, funciona como un espejo invertido. Mientras gran parte de la sociedad hispanohablante migra hacia rituales domésticos mediados por pantallas, Becerra representa una versión extrema y coherente de lo analógico. No hay delivery, no hay delivery apps, no hay intermediarios. La comida que come sale de su propio esfuerzo y de la fertilidad del suelo cordobés.

Vivir solo en el monte no es, para él, sinónimo de aislamiento dramático. Es una forma de compañía distinta: la del ritmo de las estaciones, la de los ciclos biológicos que no se negocian con el reloj. El día empieza temprano y termina cuando el cuerpo lo indica. No hay reuniones virtuales que se extiendan más allá de lo razonable ni notificaciones que interrumpan la concentración. El monte, en ese sentido, impone sus propios límites y sus propias recompensas.

Esta manera de habitar el territorio no es nueva en las sierras cordobesas, pero adquiere otro peso en un momento en que la salud mental se convirtió en tema de conversación cotidiana y la nostalgia por lo “auténtico” se industrializó. Becerra no vende su estilo de vida; simplemente lo vive. Y en esa discreción hay una lección incómoda para quienes consumimos contenido sobre slow living sin nunca desacelerar del todo.

La producción de alimentos propios implica conocimiento acumulado: saber cuándo sembrar, cómo rotar cultivos, cómo conservar sin depender de la nevera todo el tiempo. Es un saber que se transmite por observación y repetición, no por tutoriales. En un país donde cada vez más personas delegan la responsabilidad de lo que comen a terceros —sean supermercados, delivery o industrias procesadoras—, el caso de Santos recuerda que la soberanía alimentaria puede empezar, literalmente, en el fondo de casa, aunque ese fondo sea un monte.

No idealizamos. Vivir solo a los 67 años en un paraje rural también tiene sus desafíos: el acceso a la salud, la distancia ante cualquier emergencia, la fatiga que ya no se recupera como a los 30. Sin embargo, Becerra parece haber encontrado un equilibrio donde la dependencia de sistemas externos es mínima y la satisfacción, en cambio, es directa. Come lo que produce. Produce lo que la tierra le permite. Y en esa ecuación simple encuentra una forma de dignidad que muchas oficinas del centro porteño o de las capitales regionales parecen haber perdido.

Su relato invita a preguntarnos qué tan sostenibles son nuestros estilos de vida actuales. No se trata de que todos nos mudemos al monte cordobés mañana, sino de reconocer que la desconexión con los ciclos naturales y con el origen de nuestros alimentos tiene un costo que pagamos en ansiedad, en desconcierto y, a veces, en enfermedad. En un 2026 donde la tecnología promete resolver cada vez más problemas domésticos, la persistencia de figuras como Santos Becerra funciona como recordatorio de que algunos problemas —o mejor dicho, algunas soluciones— siguen siendo maravillosamente analógicos.

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