Sociedad

Por qué la relación con un perro ayuda a los adolescentes con ansiedad social

Un estudio de la Universidad de Tufts revela que no alcanza con tener un perro: la calidad del vínculo, especialmente el compañerismo y el cuidado, se asocia a formas más saludables de enfrentar el estrés entre pares. El afecto solo no basta y la fricción empeora las cosas.

Publicado el 18 de agosto de 2026, 14:00 hs

Por qué la relación con un perro ayuda a los adolescentes con ansiedad social
Infobae — Tendencias

Durante la adolescencia, los vínculos cambian de manera radical. Lo que antes se resolvía en el círculo familiar empieza a depender cada vez más de la aceptación de los pares, y esa transición suele venir acompañada de estrés, inseguridades y, en no pocos casos, ansiedad social. Según datos consistentes, este trastorno afecta a cerca de uno de cada diez jóvenes y puede dejar huella en la salud mental adulta.

En ese escenario, la ciencia viene explorando qué recursos favorecen la resiliencia. Un estudio publicado en el Journal of Adolescence y realizado por investigadores de la Cummings School of Veterinary Medicine de la Universidad de Tufts (EE.UU.) se preguntó si la relación que los adolescentes tienen con sus perros influye en cómo manejan el estrés social. Analizaron a 514 chicos y chicas de entre 13 y 17 años con altos niveles de ansiedad social, junto a sus padres.

El trabajo no se limitó a preguntar si tenían o no un perro. Se enfocó en la calidad del vínculo y evaluó seis dimensiones: afecto, compañerismo, cuidado, apoyo emocional, fricción y la tendencia a ver al perro como sustituto de las personas. Las respuestas provinieron tanto de los adolescentes como de sus padres, a través de cuestionarios validados previamente.

Los resultados son claros en un punto: no alcanza con convivir con un animal. Lo que marca la diferencia es cómo se vive esa relación. El compañerismo —es decir, pasar tiempo juntos— y el cuidado del perro se asocian de manera positiva con estrategias de afrontamiento saludables: resolver problemas, mantener el pensamiento positivo, regular las emociones y expresarlas. En cambio, la fricción (enojo frecuente, conflictos) se vincula con estilos menos adaptativos: evitación, negación, rumiación y dificultad para conectar con las emociones.

Otro hallazgo interesante es que considerar al perro como un reemplazo de las relaciones humanas no se asocia con un afrontamiento positivo. Los autores sugieren que esto podría reflejar una falta de otros apoyos sociales, lo que limita el desarrollo de habilidades relacionales. El afecto puro hacia el animal, curiosamente, no mostró una correlación significativa ni positiva ni negativa.

Donde surgió un resultado inesperado fue en el apoyo emocional que los adolescentes buscan en sus perros. Quienes lo usan más como confidente emocional tendieron a mostrar menos pensamiento positivo y más rumiación. Según los investigadores, un perro no interrumpe los ciclos de pensamientos negativos como lo haría una conversación con otra persona, porque no ofrece respuestas activas ni retroalimentación verbal.

También aparecieron diferencias de género: las chicas obtuvieron puntajes más bajos en resolución de problemas y pensamiento positivo, aunque la edad no influyó en los patrones generales. Los autores aclaran las limitaciones del estudio: se trata de un corte transversal, por lo que no se pueden establecer relaciones de causa y efecto. Además, la muestra es estadounidense y las respuestas dependen de lo que cada uno recuerda o decide contar.

Más allá de estas cautelas, el trabajo abre una línea interesante. Sugiere que fortalecer dimensiones concretas del vínculo —como pasar tiempo de calidad y asumir responsabilidades de cuidado— podría funcionar como un puente emocional entre la familia y el mundo social de los pares. Los perros, en ese sentido, no reemplazan las relaciones humanas, pero pueden ofrecer un espacio seguro de regulación emocional en una etapa complicada.

Los investigadores ya iniciaron una fase longitudinal para seguir a estos adolescentes y sus perros a lo largo del tiempo. También planean ampliar la muestra a otras culturas y explorar vínculos con otras especies. Mientras tanto, el mensaje para familias y profesionales es prudente: un buen vínculo con un perro puede ser un aliado valioso para la salud emocional adolescente, siempre que no se convierta en sustituto de las conexiones humanas que todavía están en formación.

En un mundo donde cada vez más rutinas se digitalizan y los espacios de encuentro cara a cara se reducen, observar cómo un ser vivo no humano puede modular el estrés social de los más jóvenes invita a pensar en el rol de los animales de compañía más allá de la mera compañía. No es magia, es una relación que, cuando se construye bien, entrena habilidades que después sirven en el mundo de las personas.

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