El Canal de Circunvalación: el anillo de agua que casi cambió Buenos Aires para siempre
A fines del siglo XIX se imaginó un curso de agua que, como la avenida General Paz pero líquido, delimitaría la ciudad. Sus márgenes debían convertirse en polos industriales y barrios obreros. Qué pasó con ese megaproyecto y qué dice sobre nuestra forma de habitar la periferia.
A fines del siglo XIX, cuando Buenos Aires todavía se sentía una ciudad en construcción, alguien tuvo una idea audaz: rodearla de agua. No se trataba de un foso medieval ni de un capricho paisajístico. El plan era crear un canal de circunvalación que funcionara como límite físico, un anillo líquido que separara lo urbano de lo que vendría después.
El proyecto contemplaba un curso de agua que bordearía la periferia, similar a lo que décadas más tarde haría la avenida General Paz, pero en versión fluvial. En sus márgenes se levantarían polos industriales, puertos interiores, barrios obreros y zonas de almacenamiento. La idea era ordenar el crecimiento caótico de una capital que ya empezaba a desbordarse.
El Canal de Circunvalación no era solo una obra de ingeniería: era una apuesta por definir dónde terminaba la ciudad y dónde empezaba otra cosa. Esa distinción, que hoy nos parece borrosa, en aquel momento se vivía como una necesidad urgente. La migración europea había transformado los barrios céntricos y la expansión hacia el sur y el oeste generaba problemas de salubridad, transporte y control territorial.
Aunque el megaproyecto nunca se concretó en su versión completa, dejó huellas en el imaginario urbano y en algunos trazados que todavía existen. Partes de lo que hoy conocemos como el Riachuelo o ciertos ramales de drenaje llevan la memoria de aquel sueño decimonónico. La pregunta que queda flotando es por qué una idea tan ambiciosa terminó archivada.
En un sentido, el canal representaba la versión acuática del pensamiento positivista que dominaba la época: separar, clasificar, higienizar. Los márgenes del agua debían ser productivos, no residenciales para las clases acomodadas. Se imaginaban fábricas que volcarían sus productos directamente al canal, obreros viviendo a pasos de su lugar de trabajo y una circulación constante de barcazas que conectaría todo el perímetro.
Sin embargo, los costos técnicos, los conflictos de propiedad de tierras y los cambios políticos fueron diluyendo el entusiasmo. Lo que quedó fueron planos detallados, algunos estudios de factibilidad y una idea que, vista desde 2026, resulta casi futurista. Porque hoy, cuando hablamos de límites urbanos, lo hacemos en términos de autopistas, barrios cerrados o corredores ecológicos, pero rara vez pensamos en el agua como frontera.
La General Paz, inaugurada mucho después, terminó cumpliendo parte de esa función separadora, aunque con asfalto en lugar de agua. Y sin embargo, la diferencia no es menor. Un canal hubiera generado un borde vivo, con movimiento de embarcaciones, actividad económica y una relación distinta con el río. La autopista, en cambio, creó un corte más seco, más abrupto.
En las últimas décadas, con la recuperación de las costas del Riachuelo y los debates sobre inundaciones y cambio climático, el fantasma del canal volvió a aparecer en algunas propuestas. No como réplica exacta del proyecto original, claro, sino como inspiración para pensar infraestructuras que combinen utilidad, paisaje y límite urbano.
Mirar este proyecto fallido desde el presente ayuda a entender cómo hemos cambiado nuestra manera de concebir la expansión de la ciudad. Ya no creemos tanto en fronteras nítidas. La periferia se volvió difusa, llena de intersticios, de barrios que se pegan unos a otros sin solución de continuidad. Lo que antes se resolvía con un trazo grueso en el mapa, hoy se negocia en cada manzana.
Quizás ahí radique el valor de recordar el Canal de Circunvalación: no como nostalgia de un Buenos Aires que pudo ser, sino como ejercicio para pensar qué tipo de límites queremos para la ciudad que viene. Porque aunque el agua no rodeó la capital como se planeó, el problema de cómo ordenar el crecimiento sigue exactamente igual de vigente.