BREVES

Causa Noble: "La resolución de Bergesio es inentendibe"

Así lo expresó a P&M el abogado de la familia Lanoscou, Pablo Llonto, respecto del pronunciamiento del magistrado, quien, luego de enviar las muestras al Banco Nacional de Datos Genéticos, resolvió que se debía cumplir con la ley que ordena que eso se realice. Según Llonto, "la táctica de los abogados de Noble, con el guiño del juez, es dejar pasar el tiempo porque si ella muriera, ya no quedarían culpables".

Revista #44 Noviembre 2010 > Politica Nacional

Legado político y económico

Néstor Kirchner, al asumir la presidencia, heredó una Argentina devastada en sus lazos de solidaridad más íntimos. La crisis del 2001-2002 se presentaba como corolario de un neoliberalismo que había jugado todas sus cartas.


Por Arturo Trinelli*

En sus dos etapas, la dictatorial y la democrática, tantos años de exclusión política y económica habían dejado un país vaciado de contenido, apático y hostil ante cualquier forma de representación política que pretendiera adjudicarse algún cambio con relación al pasado reciente.

En efecto, la Argentina desde fines de los ’60 y principios de los ’70 había vivido agudos conflictos sociales y políticos que generaron importantes movilizaciones, a la par de grupos radicalizados que fueron de a poco asumiendo un importante protagonismo en la escena pública. Ellos fueron los que sirvieron de justificación para que los responsables de la dictadura militar de 1976 (y de los sectores civiles que lo apoyaron) se convencieran que sólo con las proscripciones políticas ya no alcanzaba para eliminar alianzas populistas y sus presuntos peligros sobre el orden social. En consecuencia, había que ir más a fondo, y como estas alianzas se estructuraban sobre el aparato productivo industrial que había intentado forjar el peronismo, era imprescindible modificar de manera radical la estructura económica.

Esta estrategia operó en lo concerniente a al menos tres elementos, sobre los cuales Kirchner luego actuó directamente y cuyo examen tal vez ayuden a interpretar mejor su legado político: el rol del Estado, el modo de acumulación y la distribución de la riqueza.

El aparato estatal fue sometido a un brutal endeudamiento externo e interno, y su necesidad de achicarlo y despojarlo de cualquier poder de control volvió inverosímil la posibilidad de retornar a una etapa con un Estado garante de las relaciones económicas. Por el contrario, lo que se intentó fue que interviniera lo menos posible en los mercados, razón por la cual todo lo estatal se asoció a corrupción, ineficiencia y burocracia. Con ese pretexto se avanzó en las privatizaciones, el endeudamiento por la falta de control, y la pérdida de soberanía sobre la explotación de los recursos naturales, entre otros ejes de política económica con consecuencias en el presente.
El terrorismo de Estado fue funcional a la drástica redistribución regresiva del ingreso y sirvió, sobre todo, para anular o impedir el accionar de instituciones y organizaciones políticas, sociales y sindicales. A estos factores se agregó la pérdida de varias posibles generaciones de líderes o cuadros políticos y sociales como consecuencia de ese terrorismo, incidencia que implicaría un enorme costo para el desarrollo futuro del país. De este modo, el exilio político y económico de muchos argentinos, expresado en el abandono del país pero también en el exilio interno en forma de apatía y descreimiento de todo y de todos, alteró los valores de pertenencia hacia la sociedad en que se vivía. En cuanto a la política económica que se implementó,  se trataba de medidas reclamadas desde hacía tiempo por sectores concentrados de la industria, el agro, el comercio y las finanzas. Abrir la economía, reducir el Estado, privatizar empresas públicas o equiparar el capital extranjero al local eran demandas frecuentes de cámaras, lobbistas o publicistas del establishment.

Lo demás es historia conocida y reciente: la crisis del 2001 fue la consecuencia directa de la amplísima hegemonía del conjunto de intereses dominantes desde el Proceso de Reorganización Nacional, y demostró no solamente inconsistencia estructural de las políticas derivadas de su proyecto de país, sino además un profundo carácter antinacional.
El neoliberalismo de las décadas del ’80 y ’90, ya en democracia, promovió un proceso de desideologización a partir del cual el pragmatismo fue el espíritu movilizador de los miembros del sistema político. Sostenido desde tendencias surgidas en el centro del sistema, basadas en las ideas posmodernas de desencanto e incertidumbre, donde las tesis del hoy ya casi olvidado Francis Fukuyama de “fin de la historia” y “muerte de las ideologías” cuadraban de manera perfecta, se instalaron renovados valores culturales e ideológicos de individualismo y egoísmo extremos (expresados durante la dictadura con los “no te metas” y “por algo habrá sido”) que fueron pilares fundamentales del utilitarismo liberal. Como corolario, cuando la población, luego de décadas de acompañar este proceso, comenzó a percibir los signos de deterioro material y cultural, concibió como mayoritariamente culpable al sistema político. Simbolizado en el “voto bronca”, gran parte de la población encarnó, aunque no haya sido más que de forma simbólica y momentánea, la tarea de terminar de demoler al sistema político, sin cuestionar al mercado. El más claro ejemplo fue la subestimación del necesario rol del Estado como regulador de las relaciones económicas y sociales de la sociedad.

Por lo tanto, no fue para nada sencilla la situación que heredó Kirchner. Había sigo elegido Presidente con muy bajo caudal de votos, y en un contexto de falta de autoridad legítima que afectaba al conjunto de los dirigentes políticos. Sin embargo, supo transformar esa debilidad inicial en fortaleza, y encontrar legitimidad desde su propia acción política. Recordar sus primeros meses de gobierno es detenerse en medidas relevantes casi a diario: reforma de la Corte Suprema; recuperación de la memoria histórica para identificar a responsables militares y civiles del terrorismo de Estado; reactivación de la actividad económica mediante el aliento al consumo, logrando superávits comerciales y fiscales, y recuperación de salarios y empleo, fueron algunas de las estrategias encaradas para bajar los índices de pobreza e indigencia que asolaban al país. En paralelo, ejecutó una política de desendeudamiento que continúa hasta nuestros días, encarando con decisión canjes de deuda que la redujeron significativamente o cancelando en un pago la deuda con el FMI, para volver a sentir a la Argentina soberana en sus decisiones de política económica. Gracias a estas medidas, hoy vemos cómo nuestro país puede prescindir de la crisis internacional y evitar convertirse nuevamente en víctima, cuando le ocurría hasta ese momento, donde cualquier inestabilidad en los mercados internacionales se traducía localmente en ajustes a expensas de los que menos tenían; además, puede diseñar de manera independiente un modo de acumulación funcional al país y no a los intereses de los organismos internacionales de crédito.

La instrumentación de todas esas transformaciones, como era de esperar, no iba a ser admitida desde los sectores más concentrados de la economía de manera pacífica. Ante una incertidumbre previa, que quizás anticipaba cierta debilidad para poder implementar estos cambios debido a la baja legitimidad inicial con la que Kirchner había iniciado su mandato, se manifestaron gran cantidad de reacciones. Estas reacciones no reflejaban más que la importancia de los intereses en juego, y evidenciaban, al mismo tiempo, la pasividad que había tenido el poder político hasta entonces para ponerlos en cuestión. Fue así como se desató toda una catarata de ataques desde los más diversos ámbitos, con la novedad de los medios de comunicación monopólicos utilizando su dispositivo de poder para enfrentar esas transformaciones. Siempre bajo el pretexto de ser fieles representantes de la opinión pública o inocentes interlocutores de sus demandas, alentaron desde todos los ámbitos el fantasma de la falta de libertad de prensa, y buscaron siempre cuestionar las formas de instrumentación de estos cambios ponderando el mito del eterno consenso.

La muerte de Néstor Kirchner supone un golpe fuerte para la Argentina y para la región, debido a su constante labor por la integración latinoamericana, que lo había llevado a ser elegido por unanimidad al frente de UNASUR. Se trata de la pérdida de uno de los políticos más importantes que ha dado la historia argentina reciente. Desde el punto de vista de la apuesta por una sociedad más democrática, inclusiva y plural, está llamado a integrar una de sus páginas más importantes. El aliento a la participación, la apuesta por la militancia, la renovación con jóvenes dirigentes y la recuperación de la política como herramienta de cambio, son marcas que Kirchner deja para siempre en la sociedad argentina.

La mejor forma de rendirle homenaje y rescatar su legado será, pues, apoyar más que nunca su proyecto político, que descansa hoy en buenas manos. Sin dudas, para quienes apuestan por una Argentina con más justicia social, independencia económica y soberanía política, será la mejor manera de levantar su nombre y llevarlo como bandera a la victoria.

*Politólogo UBA-CLICeT
 

COMENTARIOS (1)

Leer todos los comentarios
wALtsAACniH

AFAICT you've coevred all the bases with this answer!

AGREGAR COMENTARIOS

La finalidad de este servicio es sumar valor a las notas y establecer un contacto más fluido con nuestros lectores. Los comentarios deben acotarse al tema de discusión. Se apreciará la brevedad y claridad de los textos, y el buen uso del lenguaje: las malas palabras y los insultos no serán publicados.