BREVES
Causa Noble: "La resolución de Bergesio es inentendibe"
Así lo expresó a P&M el abogado de la familia Lanoscou, Pablo Llonto, respecto del pronunciamiento del magistrado, quien, luego de enviar las muestras al Banco Nacional de Datos Genéticos, resolvió que se debía cumplir con la ley que ordena que eso se realice. Según Llonto, "la táctica de los abogados de Noble, con el guiño del juez, es dejar pasar el tiempo porque si ella muriera, ya no quedarían culpables".
Revista #38 Mayo 2010 > Politica Nacional
La clase trabajadora en el Bicentenario
Por Hugo Yasky*
Este Bicentenario nos encuentra en una etapa histórica donde una vez más existe una sintonía en los procesos de transformación que se están viviendo en América Latina.
Hay un proceso de reescritura de la historia en pleno desarrollo. Se está construyendo un relato histórico para terminar con la historia privatizada que nos contaron generación tras generación. Estamos en presencia de la recuperación de una identidad que todavía permanece como un rompecabezas, pero que de a poco se va componiendo. Yo me formé como alumno con la historia de las tres carabelas y el descubrimiento de América, y después como maestro repetí esa historia. Hoy creo que empezamos a vivir un cambio cultural; ya no son francotiradores los docentes que cuentan La Otra Historia, sino que se está dando un proceso donde un nuevo relato histórico, más vinculado a la realidad, a lo que sucedió, y a nuestro verdadero origen e identidad, empieza a tomar forma. La figura de San Martín está a punto de ser liberada; nunca más será un rehén de la vieja oligarquía y del viejo proyecto antilatinoamericanista, lo cual significa un gran avance.
Este Bicentenario, además, tiene la particularidad de que en varios países de América Latina existen discusiones similares, aunque con distintos grados de profundidad, donde se intenta recuperar a nivel regional la autonomía en las decisiones que corresponden a nuestras naciones.
Y no casualmente, son movimientos populares -movimientos campesinos, los pueblos originarios en Bolivia, o el sindicalismo en países como el nuestro-, con sus características y particularidades, los sujetos de cambio en este proceso de rediscusión de la soberanía. En ese sentido, el rasgo común de nuestros países es poner la agenda social en debate, construir un espacio de independencia en el marco regional, y consolidar procesos que permitan desandar lo que fue el retraso originado por la aplicación de políticas neoliberales. Hay una simetría, salvando la distancia histórica, con lo que ocurría hace 200 años y lo que sucede en la actualidad.
Esta simetría se da porque no hemos podido llevar a cabo la independencia total de la nación y realizar los planteos de Mariano Moreno en el Plan de Operaciones porque, entre otras razones, triunfó Bernardino Rivadavia. La burguesía argentina tuvo dos raíces: sectores productivistas ubicados mayormente en el interior del país, más vinculados a la tradición de los caudillos federales y de los movimientos populares; y por otro lado, una burguesía aduanera, que podría pensarse como oligarquía, en tanto que siempre vivió de prebendas, era especulativa y explotadora. Esto marcaría muy fuerte la impronta del bloque dominante.
No obstante, para el movimiento obrero, el contraste entre lo que fue el primer Centenario y el segundo, es enorme. En el primer Centenario gobernaba la Argentina una especie de plutocracia, una oligarquía económica y política, que logró echar las raíces de un modelo que asimilaba la idea de la expansión de la frontera nacional eliminando a los pueblos originarios que completaba la construcción de un modelo agroexportador dependiente del colonialismo. Esto marca una característica de la tradición de un bloque dominante vinculado a la producción agrícola sin valor agregado, profundamente conservador, que desde entonces reprimió de forma sanguinaria los intentos de la clase trabajadora de discutir condiciones más justas de vida.
En la década del ’40, sobre todo a partir del año ’45, el país vivió un gran progreso industrial, y por consiguiente un avance descomunal del proletariado -si se lo compara con cualquier otro país del continente-, que impulsó una conciencia de clase y política de participación de la clase trabajadora, que de alguna manera en 1976 intentó ser borrada del mapa a partir de la dictadura que encabezaron los militares y José Alfredo Martínez de Hoz, un personaje clave a lo largo de la historia, incluso por su propio linaje. La dictadura militar impuso una política de exterminio físico, de quiebre del movimiento popular y desmembramiento del movimiento sindical, que fue acompañada de un proceso sistemático de desindustrialización, de parálisis y retroceso de los conocimientos científicos tecnológicos que había alcanzado el país, ubicándolo a principio de los ’70 al mismo nivel que Canadá. Y esto tiene que ver con la disputa de los dos proyectos, y una especie de ajuste de cuenta con una historia que en la década del ’40 se les escapó de las manos a los viejos herederos del país agroexportador, que fue corregido con un baño de sangre y una destrucción que nos sometió a un destino histórico de retraso y de ausencia que hoy todavía está en debate, continúa en disputa, y lo seguimos pagando.
Pese a esto, el lugar que ha ocupado el sindicalismo a lo largo del tiempo, y en particular en algunas etapas en las que el movimiento sindical desempeñó un papel preponderante, es fundamental para comprender nuestra historia. En este sentido, es importante destacar los programas que la clase trabajadora logró articular a partir de los años ’40, alimentándose de una etapa anterior muy rica por la influencia de las ideas socialista, comunistas y del anarcosindicalismo, pero que luego se proyectarían con la fuerza de las masas del movimiento nacional justicialista. El protagonismo de la clase trabajadora en esa relación dialéctica de unidad y disputa hacia el interior del movimiento que fue abriendo caminos, canales y conquistas democráticas, no siempre se le reconoce en la trascendencia histórica que merece. En general se hace una lectura muy superficial de lo que ha significado el rol de la clase obrera. Pero si uno analiza los debates que se dieron entre el ’45 y el ’55, la disputa con la burguesía industrial que intentaba ponerle límites al avance de los trabajadores en la discusión del reparto de la renta, o el papel que jugó la clase trabajadora en la construcción de una conciencia antiimperialista, o en la defensa de la democracia, o en la consolidación de derechos sociales y en la discusión sobre una matriz productiva más justa, encontrará a la clase trabajadora como un motor esencial.
Sin duda, a lo largo de estos 200 años, la clase que más aportó a consolidar un ideario democrático, nacional y antiimperialista, fue la clase trabajadora. Y en ese sentido, el sindicalismo fue una herramienta fundamental. Por eso lo trabajadores festejamos el Bicentenario.
*Secretario General de la Central de los Trabajadores Argentino (CTA)
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