BREVES

Causa Noble: "La resolución de Bergesio es inentendibe"

Así lo expresó a P&M el abogado de la familia Lanoscou, Pablo Llonto, respecto del pronunciamiento del magistrado, quien, luego de enviar las muestras al Banco Nacional de Datos Genéticos, resolvió que se debía cumplir con la ley que ordena que eso se realice. Según Llonto, "la táctica de los abogados de Noble, con el guiño del juez, es dejar pasar el tiempo porque si ella muriera, ya no quedarían culpables".

Revista #40 Julio 2010 > Politica Nacional

FONDO Y RESURRECCIÓN

Hace unos meses se publicó un libro titulado El Centenario. La Argentina en su hora más gloriosa. Considerar hora más gloriosa a la de 19.10 no es una novedad. Muchos, siguiendo a Darío y a Lugones, hablaron del mito de la Gran Argentina, uno de los cinco (?) países más grandes del mundo.


Por Enrique Manson

De esa Argentina de los ganados y las mieses, de la que hablaba Ernesto Palacio cuando decía que era menester creernos grandes para que nunca lo llegáramos a ser. El mito se derrumbó cuando el vicepresidente Roca, en Londres, la definiera como “parte integrante del Imperio británico”.
Pero, sea por el Centenario, por el Bicentenario o por lo que fuere, ¿por qué ocuparse de la Historia?

La Historia no es lo que pasó, sino lo que empezó antes pero continúa hoy. Es por interés por el presente y por el futuro, que buscamos respuestas en el ayer. No lo hacemos con objetividad, porque no nos es indiferente ese pasado que nos afecta y al que indagamos desde nuestra propia subjetividad.

El tema que nos convoca en esta ocasión es el Bicentenario de la Patria. ¿Nació la Patria con la Revolución de Mayo? Podríamos elegir otras fechas, ya que en Historia, siempre optamos de acuerdo a nuestra valoración. Y entre estas fechas podríamos escoger la de las primeras huellas humanas que encontramos en Santa Cruz con una antigüedad de 14.000 años. Tal vez con un criterio tradicional centrado en el descubrimiento europeo, podamos elegir 1515, cuando, ayunó Juan Díaz (de Solís) y los indios comieron. Por qué no 1602, cuando Martín del Barco Centenera bautizó Argentina en su poema, a la tierra que la ambición de Gaboto y el mal manejo de las distancias de los nativos llevaron a suponer que estaba tapizada de plata.

Mayo es importante, cómo no, pero 1776 fue la fecha del primer Estado argentino, que fue el Virreinato del Río de la Plata, y 1806, la primera gesta popular, nada menos que contra la invasión Británica y su imperialismo, que habría de ser un eje de nuestra Historia.

Y, por fin, ¿por qué Mayo y no Julio? ¿Por qué 1810, cuando Fernandeábamos una lealtad al rey cautivo, y no 1816, cuando se dijo con todas las letras que éramos “una Nación libre e independiente del rey”? Con dos complementos importantes: pocos días después se completó “y de toda otra nación extranjera”, lo que algunos argentinos no han comprendido bien. Y también que los firmantes se identificaban como “Representantes de las Provincias Unidas en Sud América”, lo que indicaba el camino del continentalismo que, recién ahora, parece posible concretar.

No vale la pena iniciar un debate. La Patria nació en todas y cada una de esas fechas, porque la Patria nace todos los días en la obra y en la vida de todos y de cada uno de nosotros.

Sin embargo, festejamos, y debemos hacerlo con todo el fasto, el Bicentenario de Mayo. Y está bien que lo hagamos porque las fechas tienen carácter de símbolo. Y alguno que entendía del asunto ha dicho alguna vez que los símbolos semejan un dedo que señala al sol. Y no debemos ser tan tontos de mirar el dedo.

La fecha, como la bandera, como el himno, son símbolos que representan a nuestra Patria que, como una vez dijo Juan Perón, no son sus bienes materiales sino sus hombres y mujeres de carne y hueso, a través del transcurrir histórico y en el territorio que nos ha tocado.

La Argentina -Hispanoamérica- es tierra de inmigración. De muchas inmigraciones que tuvieron sus choques y sus enfrentamientos, pero que han dado los cimientos para la construcción de un mundo mestizo y original. Todos somos tan pueblos originarios como pajueranos. Todos vinimos de ajuera, diría el paisano. Los indios, los españoles de la conquista, los africanos -que no vinieron por su voluntad-, los gringos del XIX (que incluyen a los gallegos, que no eran Irala y Garay), del XX, y hasta los del XXI, con sus ojos rasgados y sus lenguas incomprensibles. Allá por los sesenta del siglo pasado, Nicomedes Santa Cruz, poeta negro peruano, hablaba de este continente poblado por “rubias bembonas, indios barbudos y negros lacios”.

El siglo XX, aquel que se inició con los argentinos “en su hora más gloriosa”, en la época de las vacas gordas y los peones flacos, tuvo un prólogo y tres acontecimientos trascendentes.

La Ley de sufragio universal, secreto y obligatorio, y la llegada al gobierno de Hipólito Yrigoyen, el primer presidente democrático, nos introdujeron en los tiempos contemporáneos.

El peronismo fue una profunda transformación económico-social y cultural. Con el peronismo, en nuestro país se fabricaron aviones, locomotoras y barcos de ultramar. Nuestros compatriotas se destacaron en el continente y el mundo en las ciencias, en el arte, en los deportes. Y fuimos, sobre todo, el país donde la distancia entre lo que ganaban los más ricos y los más pobres fuera la más reducida del continente.

Entre 1955 y 1973, la Argentina vivió una verdadera guerra larvada que le impidió alcanzar una relativa estabilidad. Fracasaron los intentos de terminar con el peronismo. El peronismo sin Perón, de Lonardi; la proscripción y los fusilamientos de Aramburu; la integración de Frondizi; la dictadura de 20 años para esperar que se muriera el viejo, con Onganía y el soborno de Perón que soñó Lanusse. El pueblo y su conductor resistieron e hicieron fracasar todos los intentos, y el Líder regresó a su Patria después de 18 años.
La guerrilla fue el pretexto para llevar adelante el último experimento: terminar con el conflicto social por eliminación física de sus protagonistas, los obreros industriales. Junto con la masacre de decenas de miles, entre los que había guerrilleros, militantes políticos y sociales, sacerdotes, intelectuales y familiares de desaparecidos, se inició la deliberada destrucción de la industria. Sin manufacturas, no habría obreros.

En los ’90 se completó el desmantelamiento. El final, encontró a la Argentina en su máxima decadencia. Con una política exterior que avergonzaba, con la mitad de los compatriotas viviendo miserablemente, con generaciones de jóvenes que no tuvieron nunca la posibilidad de un trabajo medianamente digno, al borde, en fin, de la disolución nacional. Entonces estalló la resistencia inorgánica que llevó al repudio de las dirigencias que habían llevado a la Patria a tales extremos. Una resistencia en la que se mezclaban la demanda de satisfacción de necesidades vitales y también intereses particulares. Todo ello produjo la brusca terminación de un gobierno patético que expresaba la etapa final de la decadencia.

En la primera década del siglo XXI, el pueblo Argentino inició la dura tarea de remontar la cuesta, de salir del infierno. Y en 2010 nos encontramos con los 200 años de la Revolución de Mayo.

El Centenario, celebrado con el fausto propio de la República Oligárquica al tiempo que la policía reprimía a los obreros descontentos, ha quedado lejos.
Los que en 1960 hemos vivido el Sesquicentenario, recordamos el imponente desfile militar con delegaciones de países amigos inclusive, y la profusión de obras historiográficas sobre 1810.

Hoy, el Bicentenario nos encuentra en la salida de la crisis terminal. De un cincuenta por ciento de clase media, llegamos a un cincuenta por ciento de pobres y marginales. Y esto pasando por relaciones carnales, malvendiendo nuestro patrimonio social; y todo esto basado en el crimen, la desaparición, la tortura, el robo de bebés y la miseria de las mayorías.
Los doscientos años de Mayo resultan el momento oportuno para un nuevo punto de partida en la construcción de una Patria Justa y Soberana, integrada en una Suramérica libre y unida.

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