BREVES
Causa Noble: "La resolución de Bergesio es inentendibe"
Así lo expresó a P&M el abogado de la familia Lanoscou, Pablo Llonto, respecto del pronunciamiento del magistrado, quien, luego de enviar las muestras al Banco Nacional de Datos Genéticos, resolvió que se debía cumplir con la ley que ordena que eso se realice. Según Llonto, "la táctica de los abogados de Noble, con el guiño del juez, es dejar pasar el tiempo porque si ella muriera, ya no quedarían culpables".
Revista #44 Noviembre 2010 > Politica Nacional
¿Dónde lo volvemos a ver a Néstor?
¿Para qué me pidieron a mí, que escriba sobre ese hombre? No sé qué puede interesarles de mí, qué les puedo contar
Por Pancho Valenzuela*
Caminar tras las sombras, escondido, cuasi fantasmagóricamente, desde los ’90 fue tedioso, miserable (palabra abierta a la infinitud de la crueldad), pero nos adaptábamos. Primero tras los árboles, en la tierra de nuestras calles sin pavimentar, entre los postes de luz o en los pastos altos de las plazas, debajo de las viseras, con las manos en los bolsillos y mirando para abajo, y luego en las sombras. Más tarde en los calabozos, sin saber por qué, escuché una y otra vez, repetidas veces, esa frase siempre latente, “negro de mierda”, que nunca me gustó, que me lastimaba porque me recordaba a mis padres con el mismo insulto sobre sus hombros, “negrito, así sos vos, no tenés nada date cuenta, lo mejor es que te quedes acá, afuera estorbás”. Y sí, afuera estorbábamos, una ciudad anquilosada en la desocupación, en cortes de rutas de hombres sin herramientas más que una llanta negra de auto y los fósforos para cubrir del mismo color a quienes los excluían, edificios acorralados y yo de vuelta a los colores tenues, oscuros de mi piel, para esconderme.
Sin hablar, sin cantar, más que algún insulto de intercambio, sin voz, con la prensa amarillista que disfrutaba nuestros pesares. No es que la censura y la falta de libertad predominasen, no, no nos encontrábamos en el ’76 o en el ’55. No, sino que era la misma excomunión que se antepone a la dicotomía absurda de humildes y altaneros, a las contradicciones entre la matriz de la cultura popular y las otras, las dominantes, las antipopulares que nos inmovilizaron y nos invisibilizaban.
Los rasgos pluriétnicos predominantes de nuestro extenso territorio no viajaban más en tren, en colectivos, y la televisión sólo mostraba otro país, pequeño, que circundaba los 20 kilómetros cuadrados del honorable Congreso de la Nación.
Toda una producción cultural propia de una identidad, la popular, era desprestigiada, oculta, ninguneada por el afanoso destello de ser jaranera, poco seria, informal y además de todo, “crota”, como le gusta decir a mi compañera, porque la acompañan aromas, perfumes de brazos en movimientos, de manos laceradas por amasar o limpiar, lavar, cocinar, o simplemente por estar sumergida en otra geografía ausente de grandiosas arquitecturas ciudadanas. Jorge Luis Borges decía de los miles de hombres y mujeres que en 1945 fueron a redimir a su líder y después refrescaron sus cansados pies -o mejor dicho por éste, “las patas”- sobre la fuente de agua, que eran “gente de mal gusto”, animales sin cultura, brutos que no entendían las delicias de la cultura urbana. Lo etéreo de la existencia de los sectores populares era tal que algunos, como la escritora María Rosa Oliver (directora de redacción de la revista Sur), ante el regreso del General Perón en 1973 se preguntaba “de qué suburbio alejado provienen estos hombres y mujeres harapientos, muchos de ellos con vinchas, como los indios malones, y casi todos desgreñados. ¿Habrán surgido de ámbitos cuya existencia yo desconozco?”.
Se hizo hasta lo fantástico por esgrimir, por borrar a estos cada vez que el momento histórico los llamaba, los brillaba, los convocaba a verse en un proyecto. Se blasfemaba con un desdén casi antropológico de finales del siglo XIX, como en aquella ocasión en la que se afirmaba a través del diario La Nación que los sectores populares, similares a los pájaros de cabecita negra, hacían el fuego de sus asados con en el parqué de las casas que les ofrecían los planes de vivienda del peronismo, hecho que no se pudo registrar más que en la única nota que publicó el diario sobre un caso perdido en ese infierno marechaliano tan temido por todos: El Conurbano.
El Conurbano, “lugar maldito”, tan extenso y tan borrado del mapa, no importa que sean millones los que van y vienen sobre sus arterias profundas. Un espacio que aparece al atravesar la General Paz y desaparece al cruzar rumbo al Centro. De allí surgieron los movimientos de base, los comedores que paliaron el hambre del neoliberalismo y los movimientos de trabajadores desocupados, los merenderos, las guarderías, las coloridas sociedades de fomento, las robustas JP y los clérigos tercermundistas. Allí se abrigó a las migraciones internas de nuestro país: correntinos, santiagueños, chaqueños, santafesinos, jujeños, y a las migraciones de los países hermanos: paraguayos, bolivianos, peruanos. También allí decidieron replegarse los militantes setentistas durante la edad más oscura de la historia Argentina. Sitio de infinita producción político-cultural popular que durante largos períodos se vio suprimida de lo público.
Con la aparición del proceso que inicia Néstor Kirchner, nuestro compañero, en el año 2003, también aparecieron esos otros rostros, “los que poseen apellido común” como dijo esa señora dedicada más al Tarot que a la política; nuestros rostros, como también nuestras voces, cantos y banderas. Ya no caminaba entre las sombras cabizbajo, sino que ahora paulatinamente aparecía en un escenario que era el de un país, un Estado que devolvía la corporeidad y que creía convencidamente que no existen “negros de mierda”, ni cabecitas negras, ni “crotos”, harapientos, incultos, “gente de mal gusto”, sino una cultura amplísima, auténtica, fundada en batallas, en brazos con ideas que traen consigo, nuevamente, a sus productos históricos, que siempre estuvieron con ellos, debajo de las cosas, en lo subterráneo, en los trapos que hoy vuelven a enarbolar. Carlos Múgica, Cipriano Reyes, Evita, el Diego, Envar “Cacho” el Kadri, al “Bebe” Cooke, “Paco” Urondo, las Madres de Plaza de Mayo…
Aparecí junto a millones, porque así nos aparecemos, no a cuentagotas, sino en multitudes, como mareas humanas, para que nos vean, durante el festejo del Bicentenario, ya no solamente “espectando” sino entre las pantallas gigantes, en los televisores, en la música, en el escenario, en el Cabildo, pregonando, haciendo oír nuestra voz y nuestro pensamiento.
La institucionalización de la cultura popular nunca avanzó tanto como en estos siete años, de la exclusión a la visibilidad, en cada hogar, fábrica y escuela. Impulsos notables dieron la posibilidad al movimiento popular argentino de alcanzar tal hecho maravilloso, la inclusión.
Después me tomé el tren con rabia, rabia digna, y nuevamente nos convocamos miles, borbotones de comunes -por si alguien duda somos millones- para ir ver a aquel que nos sacó esa visera que se parecía más a un pasamontañas, y se atrevió a convertirnos en sujetos sociales.
Ese hombre tomó una estrategia insuperable: se inmoló como esfuerzo último, para que aparezcan miles, millones; para incorporar, incluir, rescatar, sumar a aquello que largo tiempo se oscureció, se humilló, todo un espectro social que aparecía y desaparecía según la circunstancia.
Qué más puedo decirles, con este dolor lacerante en el vientre, sin respirar, ahora en el estómago con la rabia. La rabia es así, una vez que se te mete por la boca y te va apretando, apretando los dientes, la garganta, como si no quisiera escaparse. La rabia por haber desnudado la estrategia de Néstor Kirchner, a quien veo en todos los rostros que recuperaron la visibilidad.
*Director de la Revista Caracoleando
COMENTARIOS (1)
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Geh59s Very amusing thoughts, well told, everything is in its place:D
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