Sábado 25 de Octubre de 2014 - 14:26hs. - República Argentina Edición # 743

Revista #38 Mayo 2010 > Historia

REVOLUCIÓN DE MAYO

La narración oficial-mitrista se encargó de falsear la historia y vaciar de contenido la heroica rebelión popular. Una mirada maldita de una historia maldita.


Por Norberto Galasso

En los discursos escolares se califica a la Revolución de Mayo como el día del nacimiento de la patria y según ese criterio, año a año, se festeja, con cantos y escarapelas, el aniversario o bien podría decirse, el cumpleaños. Sin embargo -y a pesar de las décadas que llevamos de polémica histórica a partir de los primeros revisionistas- aun subsisten equívocos sobre este suceso, es decir, en las diversas interpretaciones saltan extrañas contradicciones. La razón de un fenómeno tan significativo -que no podamos explicarnos de una manera acabada y coherente cuándo y de qué modo nacimos- obedece a que nuestras ideas históricas -así como políticas y culturales- se hallan infeccionadas por una concepción colonial. En definitiva, no sabemos de dónde venimos porque no sabemos quiénes somos, ni adónde vamos, según las ideas que prevalecen en colegios y medios de comunicación.

Para la historiografía liberal, Mayo fue una revolución separatista, independentista, antihispánica, dirigida a vincularnos al mercado mundial, probritánica y protagonizada por la “gente decente” del vecindario porteño. Si avanzamos algo en la caracterización que la historia oficial desarrolla -ya sea con todas las letras o implícitamente, insinuando conclusiones- completamos el cuadro:

a) La idea de “libertad” fue importada por los soldados ingleses invasores en 1806 y 1807, cuando quedaron prisioneros algún tiempo en la ciudad y alternaron con la gente patricia;
b) El programa de la Revolución está resumido en la Representación de los Hacendados, pues el objetivo fundamental de la revolución consistía, precisamente, en el comercio libre o más específicamente, en el comercio con los ingleses;
c) El gran protector de la Revolución fue el cónsul ingles en Río de Janeiro: Lord Strangford;
d) El otro gran protector será, años más tarde, George Canning, quien tiene a bien reconocer nuestra independencia;
e) La figura clave del proceso revolucionario es un Mariano Moreno liberal europeizado, antecedente de Bernardino Rivadavia y que, significativamente, ha sido abogado de varios comerciantes ingleses.

“Esta” revolución, así entendida, merece ser recordada y tomada como ejemplo según sostienen los intelectuales del sistema, puesto que sus rasgos fundamentales (apertura al mercado mundial, alianza con los anglosajones, “civilización”, porteñismo, minorías ilustradas) marcan aun hoy el camino del progreso para la Argentina.

De Bartolomé Mitre a nuestros días, esta versión ha prevalecido en el sistema de difusión de ideas (desde periódicos, suplementos culturales, radiofonía y televisión, hasta los diversos tramos de la enseñanza y revistas infantiles tipo Billiken). Aburrida y boba, quedo sacralizada, sin embargo, porque esa era la visión de una clase dominante que había arriado las banderas nacionales y se preocupaba, en el origen mismo de nuestra historia, de ofrecer un modelo colonial y antipopular.

El revisionismo histórico, en casi todas sus corrientes, resultó impotente para dar una visión superadora, capaz de nutrirse en hechos reales y ofrecer mayores signos de verosimilitud. Desde una perspectiva, también reaccionaria, hubo quienes, como Hugo Wast, intentaron dar “la otra cara” de la Revolución culminando en esta interpretación: “La Revolución de Mayo fue exclusivamente militar y realizada por señores… Nada tiene que ver con la Revolución Francesa… El populacho no intervino en sus preparativos, ni comprendió que se trataba de la independencia… Moreno tampoco intervino en ellos y su actuación fue insignificante, cuando no funesta. Su principal actor fue el jefe de los militares, Don Cornelio Saavedra… La patria no nació de la entraña plebeya, sino de la entraña militar… No la hizo el pueblo, la hicieron los militares, los eclesiásticos y un grupo selecto de civiles” . Así planteada la alternativa entre la interpretación liberal oligárquica y la interpretación nacionalista reaccionaria, sólo unos pocos historiadores, como veremos, lograron dar un salto hacia una versión más coherente y veraz.

Dado que la interpretación mitrista -por razones políticas- es la que ha alcanzado mayor influencia y difusión, debemos centrar en ella la cuestión y preguntarnos, si ese Mayo, pretendidamente elitista y proinglés, merece la veneración que le prestamos o si, por el contrario, habría que vituperarlo como expresión de colonialismo. Esto implica, asimismo, interrogarnos acerca de si la revolución, tal como ocurrió realmente, tiene algo que ver con la “historia oficial” o si ésta es simplemente una fabula impuesta por la ideología dominante para dar fundamento, con los hechos del pasado, a la política de subordinación y elitismo del presente.

¿Revolución separatista y antihispánica?

Demos vuelo a la imaginación y supongámonos en el momento clave de la revolución. El Cabildo Abierto habría decidido romper con España, recogiendo un sentimiento profundamente antiespañol que recorrería toda la sociedad. Ahí están los hombres de la Junta y va a nacer la Patria. Entonces, alguien se adelanta y sostiene, en voz alta, con la pompa propia de semejante ocasión: “¿Juráis desempeñar lealmente el cargo y conservar integra esta parte de América a nuestro Augusto Soberano el señor Don Fernando Séptimo y sus legítimos sucesores y guardar puntualmente las leyes del Reino? -Si, lo juramos, contestan los miembros de la Primera Junta” .

¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo es posible que los integrantes de la Junta juren fidelidad al Rey de España, en el momento de asumir el poder encabezando una revolución cuyo objetivo sería separarse de esa dominación? ¿Qué es esto de una revolución antiespañola que se hace en nombre de España?

Con esta “pequeña” dificultad se encontraron los historiadores liberales cuando debieron explicar los sucesos de Mayo. La ocurrencia con que sortearon el obstáculo fue propia de la época del estado en que se encontraban entonces las ciencias sociales: supusieron que los jefes habrían decidido ocultar el propósito de la revolución y se habrían complotado para usar “la mascara de Fernando VII”, es decir, revolucionarse contra España pero en nombre de España, por temor, parece, a ser reprimidos. Esta suposición resulta hoy infantil e insostenible. Ninguna dirigencia revolucionaria puede ocultar su bandera y peor aún, como se pretende en este caso, levantar otra antagónica a la verdadera porque inmediatamente las fuerzas sociales que la sustentan le retiran su apoyo. ¿Cómo explicar que los intelectuales, los soldados y el pueblo aceptaran que los nuevos gobernantes proclamasen la vinculación con España si el propósito era precisamente lo opuesto: la separación? Ni un día habría durado la Junta en el caso de una traición tan manifiesta si el movimiento hubiese sido separatista, antiespañol y probritánico, como se pretende.

Pero, volvamos a la escena donde están jurando los prohombres de Mayo. Ahora le corresponde a un vocal: Juan Larrea. Pero resulta que este dirigente de una revolución antiespañola es… ¡español! Y a su lado está Domingo Matheu… ¡también español! Y más allá, Manuel Belgrano y Miguel de Azcuénaga que han nutrido gran parte de su juventud y sus conocimientos en España. Curioso antihispanismo este que continuará izando bandera española en las ceremonias públicas y que incluso durante varios años enfrenta a los ejércitos enemigos (que José de San Martín llama siempre realistas, chapetones o godos, y no españoles) enarbolando bandera española como si se tratase realmente de una guerra civil entre bandos de una misma nación, enfrentados por cuestiones que nada tienen que ver con la nacionalidad. ¡Curioso independentismo éste cuyos activistas Domingo French y Antonio Berutti repartían estampas con la efigie del Rey Fernando VII en los días de Mayo! Sorprende también, que la independencia se declare recién seis años después, especialmente porque si “la mascara de Fernando VII” obedecía a la desfavorable situación mundial de 1810 para declarar la ruptura ¿Cómo explicar que esta se declare en 1816 cuando el contexto internacional era, para nosotros, peor aún?

Volvamos por un momento a los dirigentes de Mayo. ¿Eran éstos representantes de las masas indígenas sometidas por la conquista española? ¿Expresaban al viejo mundo americano conquistado por la espada y la cruz? Evidentemente, no. Mariano Moreno, Juan José Castelli, Manuel Belgrano y tantos más, reivindicaban los derechos de los aborígenes a la libertad y a la tierra, pero integrándolos a los derechos de los demás criollos y españoles residentes y no como expresión de una rebelión charrúa, querandí, guaraní o mapuche contra el amo español. ¿Quiénes eran, por otra parte, esos “Hombres de Mayo”? En su mayor parte, se trataba de hijos de españoles, algunos educados largos años en España. Otros habían cumplido incluso funciones en el gobierno español. “¿Antagonismo entre criollos y españoles?”, se pregunta Enrique Rivera. Y él mismo responde: “Dado que nuestros principales próceres eran hijos de padres españoles ¡valiera eso afirmar la existencia de un antagonismo nacional nada menos que entre padres e hijos!” .

El caso limite que destroza por completo la fábula de una revolución separatista y antiespañola es la incorporación de San Martín en 1812. ¿Quién era San Martín? Se trataba de un hijo de españoles, que había cursado estudios y realizado su carrera militar en España. Al regresar al Río de la Plata -de donde había partido a los siete años- era un hombre de 34 años, con 27 de experiencias vitales españolas, desde el lenguaje, las costumbres, la primera novia, el bautismo de fuego y el riesgo de muerte en cada batalla con la bandera española flameando sobre su cabeza. En el siglo pasado fue posible suponer “un llamado de la selva”, una convocatoria recóndita de su espíritu donde vibraba el recuerdo de sus cuatro años transcurridos en Yapeyú (cuyo entorno cultural, si algo influenció, le daría más un carácter paraguayo o guaranítico que bonaerense) o los tres vividos en Buenos Aires, pero los progresos de las ciencias sociales y de la psicología desechan hoy por completo esta explicación.

El San Martín que regresó en 1812 debía ser un español hecho y derecho y no venía al Río de la Plata precisamente a luchar contra la nación donde había transcurrido la mayor parte de su vida. Otras fueron sus razones, como asimismo las de Carlos María de Alvear, José Miguel Carrera, José Matías Zapiola, Antonio González Balcarce y tantos otros militares de carrera del ejército español, que procedieron como él. (Desde ya aclaremos un equivoco: la “colonización pedagógica” identificó durante muchos años “hispanismo” o “España” con “fascismo”, fábula que fue facilitada por la política reaccionaria de Francisco Franco y la falange, aplaudidos en la Argentina por los grupos de derecha. Sin embargo, España no ha sido ni es de un solo color ideológico -como toda sociedad en la que luchan las clases sociales- y nada menos que tres años de guerra civil prueban la existencia de una España “roja” y una España “negra” en los años treinta, así como hubo una España de las Juntas Populares y una España absolutista).

Finalmente, existe otra razón poderosa para descalificar la tesis de la revolución separatista oculta bajo la “máscara de Fernando VII”. Ella radica en que al analizar la historia latinoamericana en su conjunto -pues ya resulta incomprensible la historia aislada de cada una de las patrias chicas- encontramos que los diversos pronunciamientos revolucionarios culminan, en la casi generalidad de los casos, en declaraciones de “lealtad a Fernando VII”. La Junta creada en Chile en 1810 “reafirmó su lealtad a Fernando VII” , sostiene José Luis Romero. El 19 de abril de 1810 se constituyó, a su vez, en Caracas, “La Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII” . Incluso en México, donde la mayor importancia de la cuestión indígena facilitaba el clima para el antihispanismo, “los revolucionarios estaban divididos entre los que respetaban el nombre de Fernando VII y adoptaban un barniz de obediencia al Soberano y aquellos que preferían hablar lisa y llanamente de independencia” .

Causas sociales y políticas profundas provocan en distintas partes de América Latina -desconectadas entre si- similares manifestaciones. Es absurdo suponer que tanto en Buenos Aires, Santiago, Caracas o México, los dirigentes hayan fabulado una idéntica “máscara”. Por el contrario, es razonable suponer que en todos los casos actuaban así como expresión autentica del sentimiento y el reclamo de las clases sociales que empujaban la revolución reclamando cambios, pero al mismo tiempo manteniendo la adhesión al rey cautivo a quien adjudicaban tendencias modernizadoras.

Aun el movimiento producido en La Paz (donde las referencias a “la libertad” y a la “ruptura del yugo” podrían suponer un propósito independentista), se reiteran asimismo las invocaciones a Fernando VII. Enrique De Gandia sostiene que en 1809, en La Paz, “un escribano Cáceres y un chocolatero Ramón Rodríguez se encargaron con otros hombres de apoderarse de la torre de la catedral y tocar a rebato la campana para reunir al populacho. La revolución se hizo con gran desorden, siempre a los gritos de ¡Viva Fernando VII, mueran los chapetones!”. Transcribe asimismo una proclama del 11 de septiembre donde Murillo sostiene: “La causa que sostenemos ¿No es la más sagrada? Fernando, nuestro adorado rey Fernando ¿No es y será eternamente el único agente que pone en movimiento y revolución todas nuestras ideas?” .

De Gandia -historiador ajeno a las ideas que presiden esta crónica, pero que en esta cuestión apunta certeramente- reflexiona acerca de la inconsistencia de la fábula liberal que supone una lucha secesionista de criollos americanos contra España y demuestra cómo hombres de uno y otro origen se mezclaban en los bandos en lucha: “Goyeneche… que aplastó al revolucionario criollo Pedro Domingo Murillo en La Paz, era criollo, de Arequipa. Murillo, por su parte, (el revolucionario) tenía como segundo jefe al teniente coronel don Juan Pedro Indaburu, perfecto español. A su vez los jueces que sentenciaron a los revolucionarios vencidos a ser decapitados y puestas sus cabezas en jaulas de hierro, eran: un paceño, Zárate; un potosino, Osa; un chuquisaqueño, Gutiérrez; otro chuquisaqueño, Ruiz; un arequipeño, Fuentes; y otro paceño, Castro. Sólo el fiscal era español, un tal Segovia… La guerra fue de hermanos, civil, no por razas, sino por partidos políticos” .

Esto se verifica a lo largo de las luchas de esa época en las que aparecen del lado revolucionario hombres como Juan Antonio Álvarez de Arenales, que era español, lo mismo que Antonio Álvarez Jonte, integrante del segundo Triunvirato o en México, Francisco Javier Mina, que venía de luchar por la independencia de España habiendo nacido en Navarra y que sumado a la revolución en América sostenía: “Yo hago la guerra contra la tiranía y no contra los españoles”. En el otro bando, Pedro Antonio de Olañeta, la pesadilla de Belgrano y Martín Miguel de Güemes, era jujeño, Juan Ángel Michelena que ordenó bombardear Buenos Aires en 1811 era americano y Pío Tristán, el enemigo de Belgrano en Tucumán y Salta, era nacido también en América (Arequipa).

No existe, pues, fundamento histórico para caracterizar a la Revolución de Mayo como movimiento separatista (y por lo tanto proinglés). Tampoco es cierto que su objetivo fuese el comercio libre, por cuanto este fue implantado por el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros el 6 de noviembre de 1809 . Tampoco puede otorgársele a la Revolución un carácter exclusivamente porteño, porque si bien los acontecimientos estallaron primero en Buenos Aires, es innegable que las grandes luchas se produjeron en el Alto Perú, donde la guerra de republiquetas tuvo a las comunidades indígenas como protagonista fundamental. Por otra parte, basta elevarse por encima de la historia de la patria chica para contemplar, a la luz de la historia latinoamericana, cómo la insurrección popular recorre toda la Patria Grande, en algunos casos adelantándose a la bonaerense (La Paz, 1809), en otros, sucediéndola inmediatamente (Chile, 1810 y Montevideo, 1811). En último término, cabe consignar que tampoco se trató de un golpe político llevado a cabo por la “gente decente” del Cabildo, sino, por el contrario, que la participación popular, incluso de activistas y cuchilleros, fue decisiva para alcanzar el triunfo.

¿Cómo explicarse entonces que durante décadas haya persistido la creencia en esta fábula tan poco consistente? La razón principal, como sostenía Arturo Jauretche, consiste en que no se trata de una simple polémica historiográfica sino esencialmente política. Esa versión histórica resulta el punto de partida para colonizar mentalmente a los argentinos y llevarlos a la errónea conclusión de que el progreso obedece solamente a la acción de “la gente decente”, especialmente si ésta es amiga de ingleses y yanquis, al tiempo que enseña a abominar de las masas y del resto de América Latina. De aquí nace el sustento para elogiar a Bernardino Rivadavia y Bartolomé Mitre y con esta base, se concluye en la exaltación del los prohombres de la Argentina colonial. Impuesta en los programas escolares, sostenida por los intelectuales y los suplementos culturales de los diarios del sistema, así como por el resto de los medios de comunicación que difunden las ideas de la clase dominante, esta versión quedó sacralizada. De esta manera, vaciada de lucha popular, de contenido social y político real, sólo consiguió que los alumnos se aburriesen juzgándola una “historia boba”. El desafió es, ahora, acercarnos a la verdad de aquella lucha en la certeza de que siendo real y humana, será apasionante.
 

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matzcrorkz

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matzcrorkz

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matzcrorkz

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