Jueves 31 de Julio de 2014 - 20:38hs. - República Argentina Edición # 657

Revista #41 Agosto 2010 > Agricultura

No dar pescado, enseñar a pescar

Veinte años atrás nacía Pro-Huerta, desarrollado por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) y con apoyo del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, dirigido a la población con necesidades básicas insatisfechas, y a personas desempleadas y subempleadas. Hoy brinda respuestas en materia de seguridad alimentaria a mas de 3.6 millones de argentinos, acompañando procesos de autoproducción de alimentos o de organización de huerteros y promotores en torno a iniciativas que tienen como objetivo mejorar la calidad de vida de las comunidades.


Por Luis Freitas

A principios de los ’90 la crisis hiperinflacionaria, entre otras cosas, había agudizado los problemas de abastecimiento alimentario de los sectores más vulnerables de la población. En efecto, entre 1965 y 1985 los hogares pobres habían reducido su consumo de alimentos un 35 por ciento, con una dieta menos variada, en la cual las hortalizas frescas aportaban a la mesa la mitad que dos décadas atrás. Varias organizaciones civiles con trabajo en el campo social, requerían por entonces que se desarrollaran alternativas originales de intervención en lo alimentario. Sin embargo, la opción por la autoproducción en pequeña escala no lograba instalarse: tenía un impacto marginal en la alimentación y a las primeras experiencias les faltó escala, continuidad por lo que sus resultados no pudieron ser evaluados concretamente.

Fue entonces que el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) decidió desarrollar y poner en marcha Pro-Huerta. “Es un programa dirigido a población en condición de pobreza, que enfrenta problemas de acceso a una alimentación saludable, promoviendo una dieta más diversificada y equilibrada mediante la autoproducción en pequeña escala de alimentos frescos por parte de sus destinatarios”, explica la ingeniera agrónoma Cintia Rodríguez, coordinadora provincial en Buenos Aires Sur de Pro-Huerta. La piedra angular del programa es la amalgama entre una capacitación progresiva, la participación solidaria y el acompañamiento sistemático de las acciones en terreno. La operatoria de este trípode se apoya estratégicamente en la intervención activa de promotores voluntarios, en las redes de organizaciones de la sociedad civil y en el modelo técnico basado en los principios de la agricultura orgánica. La unión hace la fuerza y así el programa logró en estos años una fuerte penetración territorial, la valoración social y una demostrada eficacia para la incorporación de alimentos frescos en la dieta de los hogares pobres.

Capacitación y solidaridad

Desde sus inicios Pro-Huerta fue planteado, pensado y ejecutado por el INTA -que posee oficinas y estaciones experimentales a lo largo de todo el territorio nacional- con el apoyo del Ministerio de Desarrollo y Acción Social de la Nación, y a partir de 2003 quedó enmarcado en la Ley 25.724 que creó el Plan Nacional de Seguridad Alimentaria “El Hambre más Urgente” (PNSA). Pro-Huerta, brinda asistencia técnica, capacitación, acompañamiento y provisión de insumos biológicos, tanto a familias como a comedores, grupos comunitarios y escuelas, entre otros. Asimismo apoya con su modelo de gestión los otros dos planes puestos en marcha por el ministerio: el Plan Nacional de Desarrollo Local y Economía Solidaria “Manos a la Obra” y el Plan Nacional Familias por la Inclusión Social, formando parte también del Plan Nacional de Desarrollo Rural Sustentable.

“El programa en sí, brindó un modelo concreto de llegada en territorio, propuso modelos de huertas y de granjas orgánicas, de autoconsumo a nivel familiar, escolar, comunitario e institucional”, cuenta Rodríguez. “Pero dentro de este modelo se incluía la colaboración y la voluntad de la gente, de las familias y de los promotores. El vínculo que se generó entre los técnicos y las comunidades que estuvo basado en el mutuo respeto, en la honestidad y en el mutuo respeto permitió que emergiera y se consolidara ese voluntariado que fue el elemento clave para que el programa fuera apropiado por la gente”.

La meta de Pro-Huerta siempre fue dar un salto cualitativo desde lo asistencial ante la emergencia, hacia la promoción del crecimiento económico de cada localidad, armando una red de inclusión y construyendo una política social integral que evite la fragmentación entre múltiples programas sin articulación entre sí. Las acciones dentro de los ámbitos tanto familiar como comunitario, guardan respeto a las particularidades y costumbres de cada región del país y a los espacios ya constituidos o en constitución. Pro-Huerta construye capital social, generando capacidades, estimulando la participación y organización, fortaleciendo las redes solidarias y la estrategia de abordaje integral. Durante estos 20 años el programa ha dado respuestas en materia de seguridad alimentaria a más de tres millones y medio de argentinos, asistiendo y acompañando procesos de autoproducción de alimentos o de organización de huerteros y promotores en torno a iniciativas que tienen como objetivo mejorar la calidad de vida de las comunidades.

Pro-Huerta funciona con una mínima Unidad Central de Coordinación Técnico-Operativa y 25 Coordinaciones Provinciales (con presencia en más de 3.600 localidades de todo el país) que trabajan con organizaciones locales, lo que permite un mayor alcance y penetración territorial y una llegada directa al beneficiario. Las familias atendidas se distribuyen, de acuerdo al estrato de asentamiento, del siguiente modo: 33 por ciento en áreas rurales, 40 por ciento en áreas urbanas de hasta 50.000 habitantes y 27 por ciento en grandes ciudades.

Una pieza fundamental de este entramado son los más de 19.000 promotores (comunitarios, institucionales y docentes, de los cuales más del 60 por ciento son mujeres) que, a través de un voluntariado acompañan la labor de alrededor de 1.000 técnicos intervinientes. Un ejército de personas que colabora con más de 500 mil huertas familiares, 7.000 huertas escolares y más de 4 mil huertas comunitarias. La red así compuesta abarca más de 8.900 instituciones: municipios, organizaciones de base, hospitales, centros de salud, entidades religiosas, minoridad y discapacitados, centros de jubilados, organizaciones no gubernamentales, programas y organismos provinciales, entre otros.

Nuevos desafíos

“En estos veinte años han cambiado algunas cuestiones, entre ellas, el marco político en el que se desarrolla”, aclara Rodríguez. “El programa en sus inicios siempre tuvo una política pública dirigida hacia la masividad, hacia los problemas de alimentación pero con una base asistencialista y ha dado sus respuestas desde esa iniciativa, que fue tomada por la gente y naturalizada como propia”.

Ahora se abre un campo de acción que favorece un impulso activo de la autoproducción de alimentos agroecológicos, tanto en ámbitos rurales como en áreas urbanas y periurbanas. Desde el INTA apuestan al desarrollo de una política pública más activa de promoción de experiencias de agricultura agroecológica, que ampliaría notablemente su potencialidad.

“En la zona Buenos Aires Sur, que es donde desarrollo mi gestión”, dice Rodríguez, apuntamos a cambiar algunos ejes. La idea es darle prioridad a la calidad de los productos de las huertas”. Aprovechando el programa nacional del INTA de apoyo a la agroecología del que participan la mayoría de los técnicos de Pro Huerta, se trabaja para lograr avances concretos en las huertas y en las granjas “de tal forma -aclara la ingeniera- que logren obtener productos con sellos de calidad que puedan ser vendidos con valor agregado, que lleguen a las ferias como productos diferenciados, en el marco de la producción orgánica”.

El cambio de un programa asistencial a uno de tipo productivo también se cristaliza, por caso, en la idea de impulsar bancos de semillas comunitarios. “Dichos bancos están basados en las especies locales, el ajo semilla, la papa semilla. La idea es que la gente reciba estas semillas en forma gratuita por única vez un kit básico con distintas variedades y que formen cooperativas o asociaciones comunitarias. Así, cada año, con la generación propia, pueden lograr el autoabastecimiento y también abastecer a los nuevos núcleos de familias que ingresan”. Otro punto a profundizar es la capacitación en la promoción de otras vías de comercialización. “Hablamos de las ferias, del canje, del reparto a domicilio, de la venta puerta a puerta”, aclara Rodríguez. “Tenemos algunas experiencias muy buenas como las ferias de Mar del Plata y de Balcarce, que tienen un camino recorrido y un éxito comprobado y en las cuales el producto de la huerta llega con una calidad garantizada al visitante”.

Hoy -a 20 años de su inicio- Pro-Huerta es un engranaje exitoso sustentado en la autoproducción de alimentos, la participación y la generación de redes de trabajo. En América Latina no hay antecedentes de programas masivos y sostenidos de estas características y por ello es que se lo está replicando en países como Guatemala y Haití. En este último ya están funcionando cerca de 5.000 huertas (los esfuerzos se redoblaron luego del terremoto) y están programadas 40 mil en los próximos años.

Sin embargo todavía falta mucho. “El afianzamiento de la agricultura familiar requiere la regularización de la tenencia y la facilitación del acceso, a la tierra y otros bienes naturales, particularmente el agua”, explica en el editorial de uno de los últimos boletines, Roberto Cittadini, Coordinador Nacional de Pro-Huerta. “Las políticas de ordenamiento territorial deberían garantizar las áreas necesarias para el desarrollo de la agricultura familiar orientada al abastecimiento alimentario. Regular y generar normativa que proteja los productores que abastecen al mercado local, frente a la valorización inmobiliaria que en muchos casos determinan el desplazamiento de la actividad. Asimismo, se necesitan importantes esfuerzos para reducir las condiciones de Necesidades Básicas Insatisfechas de comunidades campesinas y pueblos originarios, dotándolas de infraestructura social básica, (caminos, infraestructura de riego y agua potable, vivienda, electrificación rural).

Se abre un campo de acción que confiere condiciones oportunas para favorecer un impulso activo de la autoproducción de alimentos agroecológicos, tanto en ámbitos rurales como en áreas urbanas y periurbanas. Una política pública más activa de promoción de experiencias de agricultura agroecológica, ampliaría notablemente su potencialidad.

Estos son sólo algunos de los desafíos propios de la época que nos toca transitar y para debatir cómo afrontarlos como sociedad es que cobran particular importancia experiencias como las de Pro-Huerta.”
 

COMENTARIOS (16)

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